el peligro de la opinión

He notado una peligrosa utilización, que ya viene desde hace años, de la “opinión” como modo de zafarse de un diálogo, de respaldar cualquier tipo de ideología y de frenar la crítica.

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Kika Nieto

Paso a ejemplificar. En marzo aproximadamente de este año, 2018, una youtuber colombiana llamada Kika Nieto, subió un video en el cual, entre otras preguntas, respondía qué pensaba de la comunidad LGBT y “los homosexuales”. Fiel a sus creencias católicas, entendía que las prácticas amorosas debían darse entre un varón y una mujer, y que las relaciones entre personas “del mismo sexo” no eran naturales, pero que, aún así, “los toleraba”. Estos dichos generaron una gran repercusión en el ámbito “youtuber”, con llamadas en vivo a la involucrada y decenas de videos contestando a sus ideas. Poco después, Nieto publicó otro video a modo de disculpa pero en el cual ratificaba sus ideas. Todo, bajo la solapa protectora de la frase “es mi opinión y no daña a nadie”.

Este domingo en el programa de Mirtha Legrand, Narda Lepes habló acerca de la ley de interrupción del embarazo y sus razones para aprobarla. La conductora, posicionándose en contra, repitió al menos tres veces la frase “es mi opinión y tenés que respetarla”, con su característico tono arrogante.

En ambas situaciones tenemos a una persona que, ante el argumento, la intervención y la intención de dialogar responde diciendo “es mi opinión”. Y peor, afirmando que, como tal, “hay que respetarla”. En el caso de Kika Nieto, muchas otras youtubers salieron a argumentar que hay “opiniones” que no pueden ser respetadas porque invisibilizan la existencia de otras personas. Me causa gracia cómo es que, a pesar de que puedan ser conscientes de esto, no caigan en la cuenta de que entonces no es una mera “opinión” lo que se está emitiendo.

Pero ¿qué es una opinión? ¿Qué estamos entendiendo cuando decimos “es mi opinión”?

Busco en el diccionario y dice “juicio o valoración que se forma una persona  acerca de algo o alguien”. Bien. ¿De dónde sale ese juicio? ¿Cómo se forma? Porque es bastante claro que la construcción de esas valoraciones se hace desde una cultura, una clase social, una comunidad, una familia, un género, una época. Si decimos es “mi” opinión, en realidad ¿no estamos diciendo “esta es la opinión que encarno tanto yo como miles de otras personas que ayudaron a la construcción de mi subjetividad”? Pensemos en nuestras propias “opiniones”, ¿no son acaso el producto de toda nuestra historia en circunstancias determinadas? ¿O es que acaso somos tan originales y únicas que tenemos opiniones que están completamente por fuera de nuestra época y espacio, y etc.?

Pero a su vez, alejándome de la definición del diccionario, haciendo un análisis un tanto más pragmático, en la utilización cotidiana de la palabra, cuando decimos que algo es “mi opinión” lo que buscamos es decir que es una idea personal, que no daña a nadie, y que no tiene efectos. Así, no es explicitado el nivel de politicidad de eso que se da en llamar “opinión”. Con politicidad lo que entiendo es, por un lado, los intereses que subyacen a lo que decimos, que a su vez están ligados a nuestros deseos como personas en circunstancias determinadas; y por otro lado, las consecuencias que queremos observar diciendo eso que decimos.

Como mencioné anteriormente algunas youtubers supieron ver que ciertas opiniones tienen su grado de peligrosidad cuando niegan o  excluyen de su discurso determinados modos de vida, y que por eso mismo, “moralmente” no pueden ser aceptadas. Pero justamente la torpeza está en seguir pensando esas ideas como opiniones personalísimas que “no dañan a nadie”. Más allá de que se digan en un canal de televisión o en YouTube, las opiniones no pueden pensarse como ideas individuales que nos pertenecen, porque nosotras no somos seres que nos construimos individualmente, sino que pensamos, decimos y hacemos de acuerdo a determinados parámetros sociales, tradiciones, costumbres, idiosincrasias, etc. Y como tales, lo que sea que expresemos (o repitamos) tiene sus efectos en nuestro entorno, en nosotras mismas, y en la realidad que estamos constituyendo. Si pensamos que las parejas homosexuales no son “naturales” estamos construyendo realidad, no estamos meramente dando a conocer nuestra opinión. Expresamos un determinado deseo: la reproducción del amor romántico entre varones y mujeres; y la inexistencia de otras formas de relaciones.

Sin embargo, un peligro aún más grave que encuentro cuando se utiliza la expresión “es mi opinión”, es que busca cerrar la puerta del diálogo. Me llama la atención que no se dice que tenemos una opinión para esperar una respuesta y continuar una discusión, sino que si llegamos al punto de decir “es mi opinión”, es justamente para frenar la posibilidad de intervención en nuestras propias creencias. E incluso, cuando se agrega “y tenés que respetarla”, se impide completamente, a riesgo de convertirse en una maleducada, autoritaria e irrespetuosa, la intervención o interrogación hacia esa opinión. Decir esa frase es afirmar que hay un grado cero de voluntad para pensar. Y eso, eso es peligroso.

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Jürgen Habermas

La acusación de intentar imponer (!!) las propias ideas porque estamos interrogando simplemente la “tan inocente” opinión super personal de la otra persona es algo completamente descabellado. John Austin realiza una distinción en los actos comunicativos entre locutivos (que son los meros enunciados donde el hablante expresa algo); ilocutivos (donde la persona realiza una acción al expresar algo, por ejemplo, las palabras que se dicen en una jura); y perlocutivo (donde el agente busca causar un efecto sobre el oyente, por ejemplo, una orden). A su vez Habermas, que estudió profundamente lo que él denominó como “acción comunicativa”, retoma esta distinción y plantea que los actos perlocutivos tienen una intención esencialmente teleológica, es decir, se orientan al éxito, a lograr una finalidad, y no a comunicarse estrictamente. En contrapartida a esto, el autor entiende que la finalidad del lenguaje humano es el entendimiento, y que por lo tanto, la comunicación destinada a entenderse con la otra persona es la comunicación verdaderamente humana. Una comunicación que se asienta en una racionalidad dialógica, es decir, que se expresa a través de argumentos racionales que buscan abrirse hacia la comprensión con quien sea nuestro interlocutor. Buscamos entendernos con la otra persona para ponernos de acuerdo, y así, accionar de alguna manera. Si estamos buscando conversar con una persona, a través de argumentos, lo último que logramos hacer, se supone, es “imponer” nuestra “opinión”, sino, lograr el entendimiento. A través de la racionalidad dialógica y del uso del lenguaje con fines comunicativos no es posible imponer nada. Más bien, la retórica de la supuesta imposición de la propia perspectiva cuando intentamos quebrar alguna opinión, es una falacia.

Por lo pronto la expresión “es mi opinión y tenés que respetarla” interrumpe el diálogo, y por lo tanto la posibilidad de entendimiento. Pero a su vez, muestra una falta alarmante de voluntad para argumentar y sustentar las propias ideas, y por lo tanto, para discutir. Y esa falta de voluntad es una falta de voluntad para pensar. La opinión es justamente opinión cuando no piensa, sino que expresa, a modo de frase hecha, la época, la clase, la geografía, etc. desde donde se ha ido construyendo nuestra subjetividad.

Mientras hacía mis prácticas de filosofía en dos colegios privados pero que habitaban realidades completamente distintas, generalmente les cuestionaba supuestos, o les hacía muchas preguntas. Constantemente recibía como respuesta a esto “ay no, no tengo ganas de pensar” o “uh, no me haga pensar”. ¿A qué se debe este desgano para pensar? ¿Qué peligros acarrea?

Entiendo por pensar aquello que alguna vez dijera Foucault como la tarea del intelectual:

“…es jamás aceptar nada como definitivo, intocable, evidente, inmóvil.”

Y a su vez, eso que tan bien analizó Arendt, preocupada por los efectos de la incapacidad para pensar:

“La inclinación o la necesidad de pensar no deja nada tangible tras sí (…). La necesidad de pensar solo puede ser satisfecha pensando, y los pensamientos que tuve ayer satisfarán hoy este deseo solo porque los puedo pensar “de nuevo”.”

Pero pensar no es una actividad solitaria o individual necesariamente. Pensar se piensa de manera colectiva, con otras personas, en diálogo, y en conflicto. A su vez, también pensamos solas, pero es una soledad que aún así no es individual, sino que está atravesada por cantidad de afectos, tensiones e ideas de esa masa de cuerpos que también nos componen. Nunca pensamos solas, en definitiva. Y cuando lo hacemos, y nos ocupamos de “representaciones”, posibilitamos un espacio en el cual nuestra racionalidad se abre a otras formas de comprensión, y por lo tanto, nos ejercitamos para construir nuevos modos de acción. El pensar no es un ejercicio vacío que queda en la nada. El pensar da sentido a la acción, la guía, y a su vez, la incita. De ahí su importancia, y de ahí el peligro de su ausencia. Es claro que no necesariamente la acción que produzca será coherente o posible, pero justamente la apertura tanto a la contradicción, como a la utopía son necesarias (y mucho más hoy en día en el que ambas parecen ser mala palabra) si deseamos otros modos de existencia. Cuando nos escudamos en la frase hecha “es mi opinión” lo que hacemos es detener la posibilidad de pensar, quitar profundidad a nuestros planteos, cortar todo ejercicio crítico-emancipador, y por lo tanto, frenar la tan acuciante necesidad de transformar(nos).

carelí duperut

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2 respuestas a “el peligro de la opinión

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