hormigas

no se puede vivir así, le dijo ana, te está picando una hormiga roja. te duele, te das cuenta de que te duele pero la ignorás y te concentrás en otras cosas, pensando que así va a pasar, el dolor se va a ir. pero la hormiga sigue ahí, y van llegando otras que siguen picando, metiendo el veneno. llegado un momento has pasado tanto tiempo con la piel expuesta al dolor que te olvidas, y convivis con las hormigas como si no supieses que pueden llegar a matarte.
frenó para mirarla, y continuó:
esas hormigas no se van a ir amparo, las tenés que matar.

y terminó, negando con la cabeza, displicente y mirando para el costado:
no se puede vivir así.
amparo la miró entre asombrada, enojada y dolida.

ana, a vos te pican las mismas hormigas y te cortás un brazo para sentir un dolor más fuerte y sostener la ilusión de que así “matizás” el dolor original. tampoco las matás ¿así sí se puede vivir?
dijo irónica, sabrina, mientras ana le contaba la situación
ana no respondió, decidió quedarse en silencio, era una forma de darle la razón.
porque sabrina tenía razón, ninguna se atrevía a matar de una vez el problema. y ambas tomaban caminos que terminaban siendo dañinos para ellas mismas.
por lo menos yo me doy cuenta de que el dolor está ahí. prefiero eso a haberme vuelto completamente ciega ante lo que está pasando.
después de pronunciar esas palabras se levantó de la cama y caminó por la habitación, apoyó sus manos en las piernas y respiró profundamente para no llorar. no tenía ganas de seguir hablando del tema. sabía que al final de cuentas le había dicho a amparo lo que le quería decir. pero de la peor manera, como siempre, de la única manera en que sabía decir las cosas.

siguió pensando en lo dicho por sabrina. sí, me corto el brazo, la pierna, la garganta, me genero un dolor más intenso, me propongo a mi misma que nadie va a poder ganarme en la competencia por herirme, me propuse inconscientemente como meta en mi vida generarme el mayor dolor posible, así nada podía destruirme. pero él siempre termina destruyéndome.
la situación de su hermana la asustaba al mismo tiempo que la preocupaba. ¿por qué nunca se acercó para compartir experiencias sobre el mismo dolor? ¿por qué seguían ambas viviendo el terror en espacios separados? ¿por qué no existía un diálogo, una palabra, un contacto, un puente?
divide y reinarás. no solo el poder ejercido creaba un manto de miedo, pánico y terror que impedía la confrontación, el exterminio de las hormigas, sino que a su vez también imposibilitaba de manera no ingenua la comunicación entre ellas.
ambas, cada una sometida a su manera. ambas dolidas, ambas dolientes.

pero lo suyo es más peligroso, me preocupa

martín la miraba con el ceño fruncido

está ciega, no lo puede ver, no lo ve. no ve la violencia. la gente piensa que la violencia es el golpe físico. rió irónica. qué ingenuidad, pero qué ingenuidad más conveniente, más peligrosa. si la violencia es solo el golpe físico y nada más entonces toda otra forma de agresión se invisibiliza. está completamente entregada…
¿la violencia? preguntó martín
¡no! ¡mi hermana! entregada a la violencia, de cualquier tipo. me asusta, tengo miedo.
¿qué te asusta exactamente?
tengo miedo de que se suicide, de que tenga un colapso nervioso o una crisis psicótica, no sé.
te preocupa que ella se haga daño a sí misma, sin embargo decís que está entregada a la violencia de cualquier tipo. a su vez me comentás que sabrina te marcó que sos vos la que se hace daño a sí misma…
¿qué querés decir? ¿que en realidad estoy preocupada por mí y lo estoy reflejando en ella?
¿vos que pensás?

intentó contar las veces que había cortado sus brazos para aliviar el dolor que le producía. contó unas diez, no eran muchas, pero no recordaba si eran todas. la violencia… qué cosa más… ¿su hermana podía ver lo que pasaba? ¿estaba mirando a la hormiga mientras le picaba? a ana le parecía hasta perverso si era así, y por eso no podía aceptarlo. la naturalización total… se naturalizan determinadas formas de violencia y ya dejan de ser percibidas como tal.

¿y ella misma? ¿cómo seguía lastimando a su hermana? ¿no era acaso violento el modo de decirle las cosas?

y yo misma… mirá cómo le digo eso… cómo le voy a decir eso… cómo se lo voy a decir así… me arrepiento… al final, la golpean de todas partes…

martín le tomó la mano

amparo no es tu enemiga, pero tampoco es tu otra. despegate de la idea dualista que siempre estableces entre vos y una otra. vos sos vos y no necesitas de nadie más para reconocerte como alguien valiosa. te es más fácil sentir pena por tu hermana que reconocer en vos misma tu dolor. pero está ahí.

nadie murió para que vos nacieras, sacate esa idea de la cabeza.

ana cerró los ojos con fuerza y dejó caer una lágrima que cayó en la remera desgastada de martín. afuera se escuchaban truenos fuertes. ya era de noche y hacía una hora aproximadamente que estaba lloviendo y estaban en la cama. no hacía frío, generaban un calor húmedo que les protegía del viento sureño que corría.

no quiero salir de acá adentro.

y ese adentro era todo: era la casa, la cama, los cuerpos que se fusionaban y se separaban en un ritmo inconstante pero preciso, aturdido pero sereno, caprichoso y a la vez seguro. ese adentro era la mirada, la caricia, la humedad, el olor, la tibieza, el aroma, el roce. pero el adentro era ella misma, que era también él y la cárcel, el encierro, la soledad infinita, constante, la insoportable distancia irremediable que la mantenía agazapada en una mazmorra de la cual no había podido salir, y peor, había creído salir. la ilusión.

no puedo salir de acá adentro.

martín la escuchaba. sabía que no iba a poder comprenderla del todo. sabía que era y siempre iba a ser un manojo espantoso y fascinante de contradicciones, siempre dispuestas a seguir contradiciéndose.

¿estás dolida por lo que te dije la otra vez?

amparo la miró, con esa mirada imposible para ana, esa mirada que la volvía loca porque no la podía descifrar, esa mirada-incógnita.

no.

mentía.

ana la miró un momento, pero supo que no había diálogo posible. se levantó.

bueno…

dispuesta a irse

no te entendí en realidad

ana esbozó una sonrisa. obvio que no, pensó, si no te das cuenta de nada… y de nuevo la violencia. la trataba de estúpida.

si… no importa en realidad lo que te dije. no tenía mucho sentido.

¿por qué no hablaste con ella? evadiste establecer un diálogo, nuevamente. la otra vez me dijiste que te habías parado e ido antes de que pudiese contestarte. esta vez la evadiste.

sabrina la interrogaba entre sorprendidoa, molesta, enojada, cansada…

ana dejó escurrir el llanto mientras sacaba un pañuelito y otro más para sonarse la nariz. entrecortada por el llanto, con dolor en la garganta, no puedo… no puedo y lo odio… MIRA LO QUE NOS HIZO… ¡MIRANOS!

¿qué les hizo?

¡esto! ¿no lo ves?

te veo a vos, una persona inteligente y fuerte que evita hablar sobre su dolor con quien mejor puede entenderla

¿me estas echando la culpa?

¿a vos te parece que estoy haciendo eso?

me estas cambiando de tema. ¿te creés que yo elegí ser así de horrible?

yo creo que hoy podes elegir hablar con tu hermana y cambiar las cosas

ese garca forro inmundo nos cagó la vida

-silencio-

el daño ya está hecho

entonces ¿para qué te quejás?

lo preguntó con curiosidad, con sinceridad, hasta con amor.

como narradora experimento una complejidad profunda para escribir un final. ¿qué es el final? ¿cómo escribir un final? ¿cómo darle cierre a una situación sordamente continua? ¿se comprende mi ansiedad? ¿llega a divisarse la quisquillosa molestia para cerrar los diálogos, pretender una moraleja, abrir un espacio reflexivo en la trama del texto? ¿qué hago como narradora? ¿que se hace?

almuerzan cuatro cuerpos en silencio, con comodidad, con el espacio y el tiempo propio de quienes pueden ocuparse de una subjetividad rota, estancada y sufriente.

ana pensaba, mirando por la ventana, en las oportunidades que las tres habían tenido y que sin embargo siempre se habían visto postergadas por un odio profundo hacia sí mismas y sus propios deseos. un odio que no nacía de sí mismas, sino que desde el exterior se había interiorizado hasta hacerse carne y lastimar la carne con el filo de una tijera, o un cutter, con el ardor de un alcohol posado en una herida o el impulso de una mano golpeando su propio rostro.

las hormigas… la metáfora para explicar mejor. para verbalizar algo que no se decía. la violencia nuevamente. lo no dicho, lo que no sale a la luz. no hay significante posible para el dolor.

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