puesta en abismo

Como hacía tres años que Viviana no podía salir de su casa, Patricia se había ofrecido a hacerle las compras y acompañarla en su encierro. Dos veces a la semana le llevaba comida y se quedaba charlando, jugando a las cartas o mirando televisión. Sin embargo, el paso del tiempo había ido dejando en Viviana trazos cada vez más marcados de retraimiento y tristeza. Ya hacía un año aproximadamente que hablaba poco y nada, por lo que las visitas de Patricia se habían hecho más breves, incapaz de sostener el aburrimiento y la angustia de ese encuentro por más tiempo.

    En la última temporada había intentado ir una vez al mes, e incluso eso le significaba un gran esfuerzo. Se le revolvía el estómago una vez adentro y la desazón le penetraba en la sangre. Pero como sabía que corría el peligro de que Viviana se abandonase a sí misma, la llamaba todas las semanas. Sus conversaciones eran breves, con respuestas monosilábicas y desganadas.

    Era sábado a la tarde, hacía tres meses que Patricia no visitaba la casa. Abrió la puerta con su copia de la llave, y un vaho intenso y fétido le llegó a la nariz y la boca, produciéndole un mareo instantáneo del cual le costó recuperarse. Se dio vuelta rápidamente, dándole la espalda a la puerta para tomar una bocanada de aire fresco por última vez antes de entrar.

    Subió el escalón que la separaba de la vereda con mucho cuidado. Ingresó a la casa, cerrando la puerta tras de sí. Gritó el nombre de Viviana para avisar su llegada. El completo silencio que habitaba la casa le infundió un miedo que logró erizarle la piel y rodearle la espalda.

Incapaz de limpiar, Viviana había dejado que el polvo de los días se acumulara en los muebles, conviviendo con él como con la fatalidad del desencanto. Las paredes descascaradas permitían ver el cemento original, y años sin pintura ya dejaban traslucir manchas negras e impresionantes de humedad, que crecían como una colonia de arañas negras huyendo de su nido.

    Los vidrios de las ventanas, salpicados por la lluvia, manchados de sangre y flujos por los insectos reventados, cubiertos de telas de arañas, ya poco y nada dejaban ver el afuera. Como el piso no se lavaba hacía meses, algunas manchas de bebidas volcadas, como mate y café, comenzaban a percudirse. Había partes de la cocina y el dormitorio donde era pegajoso pisar. La ropa se apilaba torpemente encima de la cama, arriba del lavarropas, en el piso del baño o en alguna silla de la cocina. 

    Patricia caminó hacia la cocina. Estupefacta por los montones de basura, los papeles, los restos de comida apilados y las moscas, apoyó con precaución los pies en el piso sucio, cubriendo su nariz con la manga de su campera. Así, se dirigió hasta el dormitorio, donde encontró a Viviana, acurrucada en un rincón de la cama.

    Para asegurarse de que estuviese viva le tocó el brazo, blanco, delgado e inerte, que salía desde el interior de esa cueva blanca. El brazo se movió, y con él, todo el cuerpo que lo circunscribía. Un olor nauseabundo se desprendió del lento movimiento, mezcla de flujos genitales, pelo sucio, mugre, ropa húmeda y mal aliento. Una voz ronca dijo “ya me levanto”. Estaba mucho más delgada que la última vez.

    Patricia se quedó esperando que efectivamente saliera de esa caverna acolchonada, pero como no se movía, decidió ir hasta la cocina para organizar lo que había comprado, guardarlo, ventilar los ambientes y limpiar un poco.

    Mientras hacía todo esto, aún podía percibirse aturdida por los olores y el silencio que acechaba como un fantasma, provocando ecos que emergían de los sonidos que hacía mientras limpiaba. La casa desprendía un hedor que ahogaba sus pensamientos.

    Una vez terminada su tarea, Patricia se dirigió al dormitorio nuevamente. Allí seguía Viviana, semi sentada, apoyando su espalda en el respaldo de la cama. Su cara estaba demacrada, sus ojeras negras, sus ojos hinchados, su boca reseca y su piel ajeada y descascarada, enmarcaban un rostro consumido por el encierro. “Te dejé comida en la heladera, ¿necesitás algo más?”, Viviana hizo un gesto negativo con su cabeza. Patricia dio media vuelta y se fue, con un nudo en la garganta.

   Ya fuera de la casa se sintió aliviada. Entró a su auto y vio nuevamente encendida la luz que le indicaba que tenía poca nafta. Se había prendido unos metros antes de llegar a la casa de Viviana. Arrancó buscando alguna estación de servicio cerca. Cuando halló una vio que el precio de la nafta había aumentado. Cargó, pero le rechazaron la tarjeta de crédito, con la cual su hijo había realizado demasiados gastos ese mes. Como no tenía efectivo ni saldo en su tarjeta de débito se sintió desesperada. Llamó a su marido. “Sos una estúpida, te dije que no salieras con el auto. No sé para que seguís visitando a esa inútil. Si quiere estar mal que lo haga sola. Quedate ahí, ya veo si te voy a buscar. Me arruinaste el día con esto.” Colgó y llamó a su hijo, pero no le respondió. Comentó su situación a los empleados de la estación de servicio. Sonrieron con sorna y le dijeron que podía dejar el auto y buscar el dinero. Decidió hacer eso. No quería esperar quieta.

    Su casa quedaba a 15 kilómetros desde el lugar en el que se encontraba. No podía tomarse un colectivo porque no tenía la tarjeta necesaria. Empezó a caminar con rapidez hacia el este, diagramando el camino menos peligroso en su cabeza, esperando encontrar algún taxi en el camino pero no aparecía ninguno. Una marea de emociones que no podía procesar recorría su cuerpo: enojo, angustia, impotencia, tristeza, miedo… mucho miedo. Por la calle, por su vida, por su marido. Sentía el viento fresco en su cara al caminar tan rápido. Escuchó que un hombre le gritó algo, se dio vuelta y vio una cabeza grotesca y fea saliendo de la ventanilla de un auto. Sintió asco y más miedo. Los olores de la ciudad se mezclaban en oleajes rebeldes. Humedad, nafta, traspiración, mandarinas, plástico, humo, se sucedían de manera azarosa y nauseabunda, aumentando su desagrado. Unas ganas de escapar empezaban a trepar desde sus pantorrillas, muslos, abdomen hasta su cuello.

    Ya había caminado cinco cuadras cuando se le ocurrió volver a la casa de Viviana. Se quedó parada meditando la idea y finalmente se dirigió hacia el oeste. Un profundo sentimiento de esperanza se despertó en ella con el recuerdo de la casa. 

    Llegó a la entrada en unos pocos minutos. Le dolía el cuerpo, sentía la garganta desgarrada a pesar de no haber gritado, le costaba abrir los ojos, los sentía hinchados incluso a pesar de no haber llorado, le ardía la boca y el dolor en su estómago se había incrementado alienando su cuerpo en relación a su entorno. Abrió la puerta de entrada con dificultad y el aire fétido volvió a desestabilizarla. Frenó por un momento y finalmente subió el escalón para entrar.

    Se dirigió al baño, donde Viviana tenía sus pastillas para dormir. Tomó dos, por las dudas que una sola no hiciese efecto. Llegó al dormitorio y su amiga seguía en la misma postura. Se espejaron por un segundo, o menos. Patricia corrió las sábanas para recostarse y tapar su cuerpo. Se acurrucó y durmió profundamente.

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